sábado, 27 de agosto de 2016

CRÍTICA DE: "El Negocio de la Guerra"

LA GUERRA HA CAMBIADO HACIA UN MODELO PRIVATIZADO Y DE MÚLTIPLES ACTORES 
 

Título: El Negocio de la Guerra
Autores: Dario Azzellini y colaboradores
Editorial: Txalaparta
269 páginas

Este libro es una joya para todo aquel que quiera conocer, realmente, cómo funciona el mundo bajo la idea del neoliberalismo y la globalización. En él hallaremos una serie de ensayos, cada uno centrado en un país, bajo dos perspectivas comunes: I) las fechas que recogen van, desde las primeras décadas tras la Segunda Guerra Mundial (antecedentes) hasta los años 2000 y II) el hilo conductor es la privatización de la guerra en el contexto neoliberal. Este hilo conductor, o paradigma central, bajo el que todos los autores de los ensayos ven el mundo podríamos resumirlo de la siguiente manera.

La guerra moderna, entendida como un enfrentamiento abierto y declarado entre los Estados-nación, parece haber llegado a su fin. Al menos, a llegado a un himpás en el cual el conflicto armado no se dirime principalmente, y de forma directa, entre los Estados-nación. De hecho, este modo de proceder en las nuevas guerras es denominado por la OTAN como non-article 5 missions, o lo que es lo mismo, acciones contra otros países que no responden a acciones de otros países (el artículo 5 de la OTAN prevé que la función de la misma es auto-garantizarse la seguridad y solo responder a ataque si un país ataca primero). Para Robert Kurz el objetivo de estas nuevas guerras (concepto con el cual todos los autores de los textos están en desacuerdo) es estar “dirigido a mantener a distancia del sistema la enorme y amenazante masificación de «superfluos» en las periferias. Las catástrofes causadas por la misma economía universal de mercado deben permanecer «fuera». Desde este punto de vista, las corrientes de refugiados tienen que ser detenidas antes de las fronteras orientales, y las regiones de derrumbe «pacificadas» en un nivel de miseria”. El principal motor de estas nuevas guerras son las llamadas “economías de guerra”. El contexto, según Thomas Siebert sería el siguiente:

En el marco de la división del trabajo globalizada y posfordista, la desvalorización o la subvaluación sistemática de la fuerza laboral alcanza finalmente también las metrópolis del Norte. Con ello, la diferencia entre metrópolis y periferias se desprende tendencialmente de la escisión territorial Norte-Sur o Este-Oeste, y se reproduce en forma desterritorializada entre los Estados y, dentro de ellos, entre las regiones estatales y supraestatales, entre la ciudad y el campo, en las ciudades mismas y finalmente entre los mismos individuos: en un apartheid social y mundial, que es a la vez menos claro y más pronunciado que nunca. El Cuarto Mundo de los totalmente marginados, una frontera que se encuentra en cualquiera de las regiones mundiales, sin embargo no representa algo exterior al capitalismo global sino que es, en efecto, su otro lado bárbaro. Al mismo tiempo es el espacio que hay que entender como territorial solamente en forma limitada– en el cual realmente se puede hablar de “nuevas guerras”.

A partir de aquí, los diferentes autores expondrán los casos particulares que se han venido dando en: Colombia (paradigma), el Kurdistán, México, Guatemala, Yugoslavia, Afganistán, Indonesia, Congo y Angola. Dario Azzellini es el encargado de introducirnos en la terrible historia de Colombia. Allí los paramilitares son armados y financiados a través de Empresas privadas de Seguridad de origen Estadounidense y británico principalmente, y demuestra cómo Álvaro Uribe, expresidente de Colombia, fue un representante de la oligarquía aliada de los paramilitares que asesinaron, en conjunto, a más de 4000 miembros del PCC y a decenas de miles de sindicalistas, activistas sociales y agricultores: por ejemplo, la multinacional cocacola, pagó a estos paramilitares para asesinar a 12 dirigentes sindicales y obligar a aceptar a sus trabajadores una rebaja del 400% en su salario, así como el despido del 75% de la plantilla.

En el kurdistan el gobierno turco a cometido grandes atrocidades y el caso paradigmático, y del que más pruebas hay, es el del llamado Complejo Susurluk o la conjunción que forman el ministro de exteriores turco, el jefe de los servicios secretos, los líderes del partido democrático y paramilitares. Una noche de principios de los años noventa, hubo un accidente de tráfico donde las 4 partes viajaban en uno de los vehículos siniestrados. Llevaban documentación que permitió conocer que el gobierno turco planeo el asesinato del activista de la Vigilancia de los Derechos Humanos en Turquía o IDH, Akin Birdal, y cómo se intenta tapar en favor del gobierno acusando de ello al PKK kurdo. En México el paramilitarismo se contruyó como organización social compleja contra el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) La oposición programada del PRI fue usada en los momentos más álgidos del EZLN para dirigir la protesta hacia cauces controlables y, cuando el PRI se hizo con la prefectura de Chiapas, comenzó a usar los paramilitares exactamente igual que lo había hecho antes el PDM.

En Guatemala se usó la violación sistemática de mujeres como forma de represión social. Allí la violencia de los paramilitares alcanzó los niveles más sórdidos de estas “nuevas guerras”. En Yugoslavia fueron usados para fomentar una supuesta guerra étnica que nunca existió. En Afganistán los paramilitares fueron sustituidos por Señores de la guerra que, a modo de sheriffs, controlan regiones enteras y fomentan que la guerra sea rentable (economía de guerra). EN Indonesia se experimentó con la privatización de la violencia hasta niveles nunca conseguidos: existían cuerpos estatales de seguridad que venden todo tipo de mercancías, incluyendo seguros médicos. Las milicias son parte de estos cuerpos y, entre otros escenarios, fueron responsables del genocidio de Timor Oriental y de los supuestos atentados islamistas. Y, para finalizar, los autores nos recuerdan que, buena parte de la situación que hoy día vive África central (Angola, Congo, los Sudanes, Etiopía, etc.) proviene del paramilitarismo y la economía de guerra que las potencias neoimperialistas han fomentado en la zona, bien para la extracción de materias primas (como el uranio en Mali, el coltán en el Congo o los diamantes en el Congo y en Angola), o bien para el control del recursos energéticos, como es el caso de Angola, el petróleo y el control de los precios de la OPEP a través de un país No-OPEP como lo es Angola.

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